Entre unas cosas y otras al final tengo que hacer dos posts en uno con la misma temática. Prometí contaros cómo ha ido el tema de la lactancia, el peor tema de todos hasta el momento…

No nos engañemos, por mucho que te digan, es más difícil de lo que nos imaginamos. Nos venden la imagen de que el bebé se engancha a la teta a la primera y sin ayuda, pero no es así. La lactancia requiere mucha paciencia y mucha insistencia y que nadie os diga lo contrario: prácticamente todas podemos dar el pecho.

La lactancia ha sido mi mayor miedo en todo el proceso del tercer trimestre, mucho más que el parto en sí. Soy una persona con los pechos muy sensibles y temía un dolor atroz en el enganche (y luego veremos que no me equivocaba). Sabía que quería dar el pecho, pero cuando manifestaba este miedo a las madres que me rodeaban, todas (y con todas quiero decir prácticamente todas) se explayaban en intentar hacerme entender que ellas quisieron, pero no pudieron. Y obviamente cada una con su frasecita de: “y no pasa nada por dar biberón”.

Me mordía la lengua queriendo decirles que no es así, que sí pasa, que yo quiero dar teta, que lo que hace falta es paciencia y perseverancia. Pero esto es otra historia.

A la hora de la verdad, pues con la cesárea tuve calostro más tiempo del debido, Bebé Fúturo se quedaba hipoglucémico entre toma y toma, por lo que nos dieron refuerzos en jeringa cada 3 horas. Como la lactancia iba a ser a demanda, la primera noche le dábamos cada vez que se despertaba (una vez en toda la noche) tras lo cual nos echaron una soberana bronca porque tenía que ser cada 3 horas exactamente.

La segunda noche fue un infierno y todas las noches que dábamos refuerzos fueron una auténtica pesadilla. Al final optamos por dejarlo, entre otras cosas, porque ya dejé de echar calostro y podía nutrir a Bebé Fúturo con leche materna.

Y Bebé Fúturo le encantaba chupar del pezón… por más que las matronas me ayudaban a corregirle el enganche, Bebé Fúturo cogía el pezón con mucho gusto. Razón por la que tuve grietas en uno de ellos que luego desarrolló mastitis. ¡¡Pero no me rendí!!

Una mañana me desperté y decidí ir a la farmacia a por unas pezoneras. La verdad es que me perdí la clase de lactancia y no tengo muy claro si esto se enseña en esa clase o no (¡menuda clase me perdí, justo la que más necesitaba!). Así que me dejé guiar mucho por la intuición y me compré las pezoneras susodichas y… ¡¡¡voilá!!!

Gracias a las pezoneras, mi paciencia y perseverancia hemos conseguido establecer una lactancia a demanda exitosa.

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Se me olvidó mencionar en el post de la visita al pediatra que nos mandó un suplemento de vitaminas para Bebé Fúturo. Por lo visto lo mandan para todos los bebés con menos de un año y no hemos sido menos. No nos explicó nada al respecto, fue muy seca en su atención, aunque sí nos pareció que era una buena pediatra, pero extremadamente seca.

Bueno, pues coincidió que le dimos a Bebé Fúturo su primera toma de suplemento y después estuvo 5 horas seguidas tomando leche. Yo estaba ya desesperada, a las 2 de la mañana me quería morir… Las tetas ya me escocían y las sentía muy vacías. Menos mal que al final se calmó y se durmió, pero fueron 5 horas agotadoras de no parar de darle teta.

No sabía si era por ardor de estómago que la leche le calmaba (cuando parecía que se quedaba saciado le retiraba del pecho y acto seguido lloraba como un descocido porque quería seguir comiendo), si el suplemento de vitaminas ejercía el poder de aumentar su apetito o si yo no tenía suficiente leche para Bebé Fúturo.

Desesperada buscando por internet encontré que la primera crisis de lactancia (alrededor de las dos primeras semanas después del nacimiento) consistía en una demanda exagerada de teta para aumentar la producción de leche de las domingas. Aunque no había cumplido las dos semanas, quiero pensar que era eso, su primera crisis de lactancia.