Y la verdad es que tengo mucho que contar, pero tengo las ideas desordenadas en mi cabeza. La tripa y el cuerpo han desarrollado una grandísima masa, y no puedo decir que sea muscular. Me adelanta todo el mundo por muy aprisa que me intente mover, voy, como yo lo llamo, a mi “ritmito” y la gente tendrá que aceptarlo.

Mucho más en mi trabajo… Hago todo lo que puedo, ¡¡pero agradezco tanto el apoyo que me han dado para sustituirme próximamente!! Es más, reconozco que ayer fui porque tenía ese apoyo… Yo ya no doy a basto, no puedo más. Estoy para apoyar y ser apoyada, no para estar activa como antes. El cuerpo ya no me aguanta, ya no puedo.

No duermo, el descanso es casi ajeno a mí. El fin de semana he podido descansar tranquila, pero no dormir y desconectar. Y he podido descansar tranquila porque no tenía que preocuparme de despertar a Futuro Papá. Y eso no es descansar.

Noto cómo la digestión se ha ralentizado, por tanto, ya he perdido, otra vez, mis buenas costumbres en el baño.

¿Os acordáis que tengo una relativa reciente operación de rodilla? ¿No? Pues yo ya no puedo olvidarla…

La ciática me recuerda su existencia en cada despiste. No me da descanso, el poco que consigo me lo arrebata de un latigazo cuando intento aprovechar la energía repostada.

Y dejo aquí mi pequeño gran desahogo. Porque he llegado a la cuesta arriba y la cumbre se ve lejana. Ya no pasa desapercibido para mi ánimo mi estado de buena esperanza. ¿Dónde queda eso de moverme con cierta agilidad? Ahora si no me apoyo haciendo palanca con los brazos o tirando de algo, esta menda lerenda no se mueve (porque no puede, no porque no quiera).

A ver si soltando las lindeces vuelvo a ver el objetivo de tanta letra revoloteando en mi mente.