La gente cree que aceptar la infertilidad es tan fácil como decir de un día para otro: “Bueno, pues vamos a hacernos tratamientos de fertilidad” y punto, pero a veces no se paran a pensar los sentimientos que hay detrás.

Yo no puedo decir que lo comprenda.  He tenido la suerte de no tener que verme en esa situación, pero sí debo admitir que he tenido el sentimiento de impotencia y también empatizo con ese sentimiento de frustración. Mi caso no es comparable en absoluto, yo deseaba ser madre y me costaba mucho aceptar que no era el momento de serlo. Pero cuando quieres serlo y es el momento, pero el momento no llega… la frustración es incalculable.

Nadie sabe, sin sufrirlo, por lo que pasa una persona que, al igual que todos, ven una injusticia tan grande como el maltrato infantil y ella, con tanto amor que le sale por los poros de la piel, no se lo puede dar a un ser salido de sus entrañas.

Y da igual lo que se le diga, el sentimiento es único.

Desde aquí sólo quiero reinvindicar el derecho de esas personas por ser reconocidas. Que quien lea este post y no haya reflexionado sobre ello, piense en el dolor que sufre una madre que no puede tener hijos con la misma facilidad que otra persona. Esa impotencia y esa frustración de tener que ser más constante y soportar unos tratamientos que cuestan dinero… un dinero que cuesta mucho esfuerzo ganar hoy en día. Todo para tener lo mismo que una niñata de 15 años tiene por su irresponsabilidad.

¿Es mejor madre? Jamás juzgaré a una madre por su manera de llegar a ello, eso lo tiene que decidir el hijo criado en ambos senos, no yo. Pero reconocer su lucha y su dolor… YO LO APLAUDO. Admiro esa constancia, esa perseverancia en conseguir un sueño cueste lo que cueste, esa lucha diaria por no dejarse caer en la autocompasión. Y lamento mucho la falta de reconocimiento hacia esos sentimientos camuflados como envidia.